jueves, 2 de julio de 2020

¿Qué religión practicaría hoy Jesús?

Por Nicholas Kristof

  • 6 de septiembre de 2016

 

Uno de los enigmas del mundo es que las religiones a menudo no se parecen a sus fundadores.

Jesús nunca mencionó a los homosexuales ni el aborto, pero se centró en los enfermos y los pobres. Sin embargo, algunos líderes cristianos han prosperado satanizando a los gays. Mahoma mejoró la condición de las mujeres en su época pero, en la actualidad, algunos clérigos musulmanes les prohíben conducir y citan la religión como razón para mutilarles los genitales a las chicas jóvenes. Probablemente, Buda se quedaría horrorizado al ver la discriminación que sus seguidores imponen en Birmania contra la minoría rohingya.

“Nuestras religiones suelen estar precisamente a favor de lo contrario que defendieron sus fundadores”, señala el ex pastor Brian D. McLaren en un nuevo y provocador libro titulado La gran migración espiritual.

Los fundadores generalmente son visionarios audaces y carismáticos que inspiran con su imaginación moral, mientras que sus enseñanzas a veces se transforman en burocracias conservadoras y hostiles al cambio, obsesionadas con el dinero y el poder.

Esa tensión es especialmente pronunciada con las enseñanzas de Jesús, porque mientras él era un radical que desafió al poder, el cristianismo ha tenido tanto éxito que en gran parte del mundo se ha convertido en el poder establecido.

“No es de extrañar que cada vez haya más cristianos, ya sea por nacimiento o por elección, que sacudan la cabeza y se pregunten qué le está pasando al cristianismo”, dice McLaren. “Sentimos como si nuestro fundador hubiera sido secuestrado y convertido en un rehén por extremistas. Sus captores lo hacen desfilar frente a las cámaras para decir, bajo coerción, cosas en las que obviamente no cree. Como si fuera su títere inexpresivo, a veces da la impresión de estar en contra de los pobres, del medioambiente, de los homosexuales, de los intelectuales, de los inmigrantes y de la ciencia. ¡Ese no es el Jesús que conocimos en los evangelios!”.

Esta discusión se desarrolla en un contexto de efervescencia religiosa. Occidente se ha vuelto más laico. En Estados Unidos, los que no tienen filiación religiosa, los ateos y quienes se sienten espirituales pero no practican ninguna religión en particular, representan casi la cuarta parte de la población. La proporción va en aumento rápidamente: entre los millennials, más de la tercera parte es no practicante.

El aumento de los no practicantes parece ir acompañado de una pérdida de interés público en la doctrina. “Uno de los países más religiosos del mundo es también una nación de analfabetos religiosos”, señala Stephen Prothero en su libro Religious Literacy, refiriéndose a Estados Unidos.

Solo la mitad de los cristianos de Estados Unidos pueden nombrar los cuatro evangelios; solo 41 por ciento sabe quién fue Job y apenas la mitad de los católicos entiende la doctrina de la eucaristía. No obstante, si los estadounidenses piensan que Juana de Arco fue la esposa de Noé o se preguntan si las epístolas fueron las mujeres apóstoles, entonces quizá la solución sea angustiarse menos por la doctrina y más por las acciones.

“¿Qué significaría para los cristianos redescubrir su fe no como un problemático sistema de creencias sino solo como una forma de vida justa y generosa, fundada en la contemplación y expresada en la compasión?”, se pregunta McLaren en su libro. “¿Podrían los cristianos dejar de definir su fe como un sistema de creencias para expresarla como una forma de vida basada en el amor?”.

Eso sería una forma de migrar de una burocracia religiosa para regresar a la visión moral del fundador, y sería un reto enorme. Pero las religiones pueden y deben emigrar.

“Como yo crecí en un ambiente cristiano muy conservador, siempre me advirtieron que no cambiara la esencia del mensaje”, me dijo McLaren. “Pero, al mismo tiempo, muchas veces no veíamos lo mucho que había cambiado el mensaje con el paso del tiempo”. Hubo épocas en que el cristianismo aprobó la quema de brujas y las masacres de herejes. ¡Gracias a Dios que ha evolucionado!

A medida que la sociedad se ha modernizado y la gente se ha vuelto más escéptica respecto de los relatos del parto sin relaciones carnales y la resurrección, una de las reacciones ha sido abandonar la religión. Sin embargo, existe un profundo impulso que lleva a buscar conexiones espirituales.

McLaren aconseja no preocuparse de que los milagros de la Biblia hayan sido literalmente ciertos y pensar más en su significado: si se dice que Jesús curó a un leproso, hagamos a un lado la cuestión de si ocurrió realmente y veamos el hecho de que se dirigiera a los más estigmatizados de entre los marginados.

Por supuesto, no es solo el cristianismo el que se enfrenta a estas cuestiones. El rabino Rick Jacobs, presidente de la Unión por la Reforma del Judaísmo, dice que él ve que hay un deseo por una misión de justicia social inspirada y equilibrada en las tradiciones de la fe.

“Ahí es donde yo veo nuestro camino”, asegura Jacobs. “Se ha visto el ritual como una obsesión para la comunidad religiosa pero no se ha visto el valor y el compromiso por moldear un mundo más justo y compasivo”.

Si ciertos servicios religiosos fueran menos acerca de limpiar la propia virtud y señalar las iniquidades de los demás y más sobre encargarse de las necesidades humanas que nos rodean, este sería un mundo mejor. Y ciertamente Jesús también lo aplaudiría.

Puede parecer raro que yo escriba esta columna, pues no soy un cristiano particularmente religioso. Pero sí considero que la fe religiosa es una de las fuerzas más importantes, para bien o para mal, y me inspiran los esfuerzos de los fieles que organizan comedores populares y refugios para desamparados.

Quizá sea injusto que los hipócritas ostentosos se lleven los titulares y moldeen la actitud pública sobre la religión. Pero ahí no acaba esto. Recordemos que en promedio los estadounidenses religiosos donan mucho más a la caridad y al voluntariado que los seculares.

Lo que me inspira no es la burocracia, ni la doctrina, ni los antiguos rituales, ni siquiera la más gloriosa catedral, templo o mezquita. Me inspira un médico misionero católico en el Sudán que atiende a las víctimas de las bombas, un médico evangélico que logra lo imposible en la Angola rural, un rabino que lucha en favor de los derechos humanos de los palestinos. Ellos son los que me llenan con una sensación casi sagrada de admiración. Y eso sí que es religión.

domingo, 24 de mayo de 2020

Decálogo de un buen pobre

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Daniel Matamala                                                  Decálogo del buen pobre

Diario La Tercera  LT Domingo

HACE 17 HORAS

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Protestas por falta de alimentos en la comuna de El Bosque durante la cuarentena en el Gran Santiago.


El buen pobre es paciente. Si se anuncia la entrega de 2,5 millones de canastas de alimentos, no se desespera por saber si una de esas cajas llegará a su casa. No va a preguntar a su municipio, muchos menos protesta pidiendo información. No importa que la alacena esté vacía y los niños, inquietos. El buen pobre espera con paciencia y el oído aguzado a que una mano benefactora toque la puerta de su casa, acompañada por chaquetas rojas, autoridades sonrientes y flash de las cámaras, con los fideos, el aceite y la harina para el almuerzo del día. Y si no llega, bueno, tal vez mañana sí se almuerce.

El buen pobre es agradecido. Si el Presidente anuncia que las canastas llegarán “a cerca del 70% de las familias”, agradece. Si luego un ministro especifica que las cajas llegarán “al 70% del 40% más pobre”, sigue agradecido porque supone que esa caja llegará. Si luego el ministro aclara que se refiere “al 70% promedio de las familias de la Región Metropolitana, de las comunas que están en cuarentena”, debe seguir agradeciendo porque tal vez a él no le lleguen, pero a otras familias necesitadas sí. Cuando la vocera matiza que “en una primera etapa”, “1,5 millones serán entregadas en las comunas de la Región Metropolitana”, “por barrios completos”, aún debe agradecer, porque peor es nada. Y si el gabinete de la Presidencia finalmente dice que las familias serán definidas “por un criterio geográfico” que no explica, debe seguir agradecido, muy agradecido, porque de seguro los que tomarán la decisión de si ellos tienen o no para comer mañana son gente seria, que por ningún motivo estaría improvisando en un asunto tan importante.

El buen pobre es comprensivo. Si expertos advierten que la distribución de esos alimentos casa por casa es una pesadilla logística que puede tardar semanas o meses en completarse, lo entiende. Si se anuncia el comienzo de la entrega con camiones repartidores entrando a La Moneda, pero luego queda claro que es sólo un “plan piloto”, lo entiende. Y si el Intendente Metropolitano zanja el asunto diciendo que “no tenemos plazos, lo que tenemos son metas”, tal vez el pobre se estremece un poco, porque la última vez que escuchó esa frase, dicha en tono severo por un general, la meta demoró 17 años en llegar. Pero el buen pobre comprende, siempre comprende.

El buen pobre no se mete en política. No milita en ningún partido, ojalá ni siquiera opine en redes sociales. Porque si saca la voz y le encuentran aunque sea una foto con un político de izquierda, la prueba será irrefutable: su protesta, su pobreza, su necesidad, no son más que un tongo del comunismo chavista. Y si la foto es con un político de derecha, peor: será un facho pobre, inhabilitado perpetuamente para reclamar por nada porque, compadre, tú te la buscaste. ¿No te gustó votar por Piñera, acaso? Ahora calladito nomás.

El buen pobre es obediente: hace lo que sus autoridades le dicen que haga, no lo que ellas efectivamente hacen. Si un senador socialista decide tomar un avión mientras espera el resultado de su examen, habrá que comprender que cometió un error y no hay por qué perseguirlo judicialmente. Si la presidenta de la UDI exige “querellarse y aplicar las máximas sanciones” contra quienes se manifiestan en El Bosque pidiendo ayuda, hace lo correcto. Pero si la misma presidenta de la UDI reclama “ensañamiento y persecución política” cuando su hijo es formalizado por infringir la cuarentena en Las Condes, bueno, eso es distinto porque es un cabro de buena familia, cada caso es diferente y por último, como dijimos en el punto III, el buen pobre es infinitamente comprensivo.

El buen pobre cuida su estado físico. Porque si sufre de sobrepeso y tiene el descaro de protestar, se convertirá en el hazmerreír de Chile. Los ingeniosos tuiteros viralizarán sus fotos y convertirán a #GuatonesConHambre en el primer Trending Topic del país. Sí, el Minsal dice que el 27% de los chilenos “no tiene los ingresos suficientes para costear una alimentación saludable”. Sí, en Cerro Navia la obesidad infantil es 21% mayor que en Vitacura. Pero que eso no arruine un buen chiste. Por eso, para no escandalizar la sensibilidad de los tuiteros del barrio alto, el buen pobre mantiene una dieta balanceada, compra productos orgánicos, consume frutas y verduras frescas, paga un gimnasio y ocupa sus abundantes horas libres en acondicionamiento físico.

El buen pobre quiere rascarse con sus propias uñas, aunque le hayan cortado las uñas. Si con la cuarentena el Estado le prohíbe salir a ganar el sustento de su familia, como lo hacen 2,5 millones de trabajadores informales, ¿por qué debería el mismo Estado proveerles lo mínimo para subsistir? No sean patudos. Por eso, había que ser firme en no entregarles más de 65 mil pesos de ingreso familiar, y sólo por un mes. Después, bajamos a 55 mil y 45 mil pesos. No subir ese monto fue celebrado como un golazo en el Congreso, y con razón. Como bien explicó una diputada UDI, dar más dinero “no es bueno: nosotros no queremos que las personas dependan del Estado”.

El buen pobre se esfuerza. Aunque, según la encuesta CEP, el 40% de los chilenos cree que la pobreza se debe a “la flojera o falta de iniciativa”. El buen pobre lo entiende y piensa que tal vez es verdad, y por eso se esfuerza el doble por mejorar.

El buen pobre no se calienta la cabeza con temas que no entiende. Como bien graficó el Intendente Metropolitano al criticar a los malos pobres que protestan: “¿Qué tiene que ver el No más AFP con el hambre?”. Lógico. ¿Qué tiene que ver que la mitad de los pensionados por vejez reciban menos de $ 151 mil mensuales, con el hambre? ¿Qué tiene que ver que estén bajo la línea de pobreza ($ 164 mil), con el hambre? ¿Qué tiene que ver que no tengan para comprar comida, con el hambre? ¿Qué tiene que ver el hambre con el hambre?

El buen pobre tiene esperanza. Porque, como dijo Juan Pablo II, “los pobres no pueden esperar”. Y ahí están, esperando que llegue un depósito de 65 lucas por persona (para algunos en estos días, para otros, dicen que en junio) o una caja con mercadería (dicen que algún día), porque como reza el refrán, su paciencia es larga, más larga que la esperanza del pobre.

domingo, 5 de abril de 2020

OTRA DE PIÑERA

Domingo 05 de abril de 2020

Piñera se supera a sí mismo

Mientras el país está en ascuas, temeroso del coronavirus, el Presidente tiene la ocurrencia de posar ante la estatua del general Baquedano en un inconsciente acto de provocación y de desprecio.

Carlos Peña

Este viernes se supo algo sorprendente, un hecho rocambolesco, estúpido, algo que ni siquiera la mente más tonta, más despegada de la realidad, más desaprensiva de la actitud ajena, habría imaginado.
Y lo peor es que estuvo a cargo del presidente.
Ese día, el Presidente Piñera decidió ir a la Plaza Baquedano, bajarse del automóvil presidencial y —flanqueado por sus guardias, en mangas de camisa y sonriente como si todo fuera viento en popa— posar a los pies del monumento del general que hasta apenas ayer, antes que el virus irrumpiera y la desgracia tocara a la puerta de todos (salvo al parecer a la suya), era el lugar de la protesta.
No hubo nada casual en esa escena. No es verdad, como dijo en un tuit, que se bajara a saludar a los policías. No es cierto. Todos saben que eso no es cierto y a estas alturas nada saca con pedir disculpas tratando de minimizar la tontería. Se bajó deliberadamente a saludar, ante su imaginación, a sí mismo. En el video se ve al Presidente posando frente a las cámaras, sonriente, relajado, en mangas de camisa, una pierna sobre la otra, en una burla inconsciente, sabiendo que el virus había espantado a los que, apenas ayer, lo incomodaban.
Mientras, el país está en ascuas, temeroso del coronavirus, temiendo que lo peor toque a la puerta, y apenas luego de unas semanas de la protesta violenta, el Presidente tiene la ocurrencia de posar ante la estatua del general Baquedano en un inconsciente acto de provocación y de desprecio. De provocación ante quienes apenas anteayer, con razón o sin ella, protestaban, y de desprecio ante los millones de chilenos que se apiñan y esconden en sus casas temiendo que el virus los alcance.
¿Qué puede explicar ese estúpido —no hay otra manera de calificarlo— acto presidencial?
No hay otra explicación que un narcisismo cercano a lo maligno —maligno en un sentido psicoanalítico— del Presidente.
Es una desgracia, pero ese acto deliberado del Presidente muestra a una personalidad carente de toda empatía y centrada nada más que en sí misma. Una personalidad que no ve a quien tiene al frente, sino que mira a su través. Al verlo posando relajado en la Plaza Baquedano es imposible no recordar los actos payasescos que cometió cuando se reunió con Obama o decenas de otros actos similares que la prensa ha llamado “piñericosas” y que no son actos erróneos, sino inconscientes formas de hacerse notar. Porque lo que se llaman sus errores no son tales: son en realidad una forma torcida de hacerse notar. En todos esos actos hay una ausencia de empatía y de comprensión hacia el otro, hacia el espectador de esas actitudes para la foto, hacia quienes le miran esperando, a veces inútilmente, ver a un Presidente, a un sujeto con consciencia de su deber, y acaban encontrando a alguien preocupado nada más que de sí mismo, de la pose de la foto, de hacer gracias, de dejarse retratar como quien actúa ante el padre, imaginando lo que dirán quienes en el futuro —esos otros padres— lo miren.
Mientras la ciudadanía espera a un Presidente preocupado de lo que amenaza la vida de muchos y al mismo tiempo meditabundo de lo que, con razón o sin ella, ocurrió en octubre, el Presidente Piñera, despreocupado de todo eso, inconsciente de todo eso, displicente ante todo eso y centrado nada más que en sí mismo, se dedica a ejecutar la provocación tonta y el acto inútil de tomarse una foto, como si lo que le importara fuera eso: no lo que ocurre o él hace, sino lo que quedará retratado en la foto, como si estuviera perseguido eternamente por el anhelo de destacar en una escena familiar.
El Presidente Piñera se acaba de superar a sí mismo.
Esa foto no retrata su figura sentada, en mangas de camisa y de piernas cruzadas en la plaza Baquedano, sino que retrata su personalidad, esa misma que, a pesar de su inteligencia, no logra dominar.
Y desgraciadamente es necesario, mientras esté a cargo de la nave del Estado, que lo haga.

martes, 11 de febrero de 2020

LOS ESPIAS DE EVELYN MATTHEI

Los espías de Matthei en la Primera Línea: Ex funcionaria demanda a Providencia por obligarla a infiltrarse en Plaza de la Dignidad

Primera Línea / Foto referencial /

Un mes después del estallido social, la inspectora municipal Evelyn Quezada se vio obligada a infiltrarse en la Primera Línea por orden del municipio liderado por Evelyn Matthei. Una tarea de espía que no quería realizar. Pero, para no perder su fuente laboral, tuvo que exponerse durante dos semanas a balines, lacrimógenas, piedras y gases tóxicos sin una debida protección. El municipio nunca le pasó mascarillas ni antiparras. Y tampoco se preocupó de su integridad física ni sicológica. Solo les interesaba acceder a información de manifestantes y encapuchados, dice Quezada. Todo lo que iba recabando lo comunicaba a sus jefes en un grupo de Whatsapp, que tenía de ícono a un emoticón de detective y que luego derivó a una foto de perfil del perro conocido como ‘Negro Matapacos’. Quezada fue expuesta a una constante violencia por responsabilidad del municipio y hoy los demanda por vulneración de derechos fundamentales, despido indirecto y cobro de prestaciones laborales: “Es gravísimo que la municipalidad exponga así a sus trabajadores y use recursos municipales para espiar a la gente”, denuncia Evelyn Quezada en El Desconcierto.

Evelyn Quezada llevaba siete años trabajando como inspectora municipal en Providencia sin ningún inconveniente. Lo hacía bajo la modalidad de contrata y sus labores siempre habían sido las mismas: fiscalizar áreas verdes, supervisar obras y rentas, y gestionar contratos con empresas externas. Pero esas tareas se vieron alteradas la jornada del 19 de noviembre pasado, casi un mes después que detonara el estallido social.

Ese día su jefe directo, Felipe Frez, quien era encargado de planificación del municipio, le dio una orden clara: Debía infiltrarse en las manifestaciones en Plaza de la Dignidad. Evelyn lo encontró una locura, no estaba dispuesta a exponerse a lacrimógenas y gases tóxicos. A pesar que apoya las manifestaciones sociales, no es una persona de marchas: la sola idea de estar ahí, le causaba miedo. Intentó zafarse por todos lados. Pero no hubo caso. Incluso, les recordó que aún tenía fuero maternal por su hijo de un año y 7 meses. No la escucharon. Habló con la directora de fiscalización María Ivonne Johansen para abstenerse de las protestas, pero también fue muy clara.

“Me dijo que tenía que jugármela, demostrar que hacía bien esta pega y que considerara que mi contrato acababa pronto. En otras palabras, me amenazó con despedirme si no hacía la pega. Como necesitaba trabajar, le dije que cuidaría mi trabajo. Soy sola y vivo con mis cuatro hijos. No puedo no trabajar”, cuenta Evelyn a El Desconcierto.

No le quedó otra que aceptar a regañadientes y partir a Plaza de la Dignidad siguiendo las instrucciones de sus jefaturas. Todo por el mismo sueldo, sin ningún bono extra y bajo el mismo contrato. Todo de manera irregular.

“Esto se tradujo, en la práctica, en enviarme a distintas zonas que fueran foco central de la contingencia nacional, principalmente Plaza Baquedano (hoy conocida como Plaza de la Dignidad), con el fin de que yo me infiltrara en la Primera Línea entre los manifestantes para obtener información”, dice Evelyn Quezada en la denuncia, que hoy se tramita en el Tribunal del Trabajo de Santiago, y a la que tuvo acceso este medio.

El primer día como infiltrada, cuenta Evelyn, la nueva rutina consistió en caminar desde metro Tobalaba al sector del monumento del general Baquedano. Principalmente, observando a los vendedores ambulante, personas en situación de calle y a los manifestantes de la plaza de la Dignidad. El objetivo era evaluar la gravedad de las manifestaciones ciudadanas para armarse un panorama. Evelyn no andaba sola. Estaba acompañada de dos compañeros de trabajo también infiltrados. Todos tomaron nota de lo que sucedía. Sacaron fotos con sus celulares. Y después la información fue entregada a su jefe Felipe Frez, quien luego la traspasó a sus superiores jerárquicos: Carol Vargas, coordinadora de fiscalización; y María Ivonne Johansen, directora de Fiscalización, quienes monitoreaban que cumplieran con las labores de inteligencia municipal.

“Toda esta información iba directo a la alcaldesa Evelyn Matthei”, cuenta la ex funcionaria.

Desde ese día, el foco de investigación se centró en analizar a la Primera Línea de Plaza de la Dignidad. Su jefe le pidió a Evelyn y sus dos compañeros que se vistieran de manera más desordenada para no ser reconocidos como funcionarios municipales. La idea era mimetizarse entre los manifestantes.

“Yo iba con jeans, el pelo amarrado, me sacaba los aros y jockey. Súper desarreglada, se suponía que así se vestían los encapuchados. Uno de mis compañeros iba con la camiseta del Colo. Mis jefes tenían la peor impresión de los encapuchados y los manifestantes. Pensaban que eran puros delincuentes o flaites, lo peor. Tenían una mirada muy despectiva. Y uno tenía que fijarse en esos estereotipos. El nivel de prejuicios que tenían era tremendo. Por ejemplo, pedía que nos fijáramos en los vendedores de la calle, pero para ver si eran extranjeros o no. A ese nivel. Por eso mismo, nos recomendaron hablar medio flaite, con garabatos y mostrando ser chora. A mí me costaba mucho actuar, porque no soy así”, cuenta Evelyn a El Desconcierto.

La petición del jefe era clara y no daba para dobles interpretaciones: “Nos pidió recabar información de cómo se organizaban, quién era el líder de los encapuchados, para cuándo se programaba la siguiente marcha, la cantidad de vendedores ambulantes, quiénes vendían drogas, si eran estudiantes o no, si eran flaites, si andaban con banderas, si vivían en la calle, todo servía”. Pero ninguno de sus jefes les transparentó la finalidad de esa recopilación de información.

Hasta hoy Evelyn tiene un enorme cargo de conciencia. “Cómo quisiera que no tuvieran toda esa información que les dimos, porque no sabemos qué hicieron con ella”, se lamenta.

El chat del ‘Negro Matapacos’

Mientras estaban en Plaza de la Dignidad, tanto Evelyn como sus dos compañeros tenían que estar mandando constantes reportes al whatsapp que armó su jefe para mantenerse informado. Una seudo policía secreta que se comunicaba a través de esa red social. Mensajes que ahora le sirven de prueba a Evelyn y a los que pudo acceder El Desconcierto.

Durante las dos semanas que ella estuvo realizando labores de ‘inteligencia’ municipal, nunca dejó de enviar imágenes y comentarios al grupo llamado Inspección Territorial que tenía como ícono el mencionado emoticón de detective, que luego pasó a llamarse FT y, finalmente, Planificación, el que tenía de foto de perfil al ícono de las marchas: al ‘Negro Matapacos’. Los cambios de nombres de los grupos fueron por precaución. Temían que los descubrieran o tuvieran pinchados los teléfonos.

El chat municipal era muy activo en las horas que los funcionarios estaban en terreno en Plaza Dignidad. Había un traspaso de información de minuto a minuto. Nada se escapaba de los ojos de los inspectores infiltrados. Parecían estar viviendo una película de espionaje.

Se compartían afiches de marchas oficiales de las barras bravas, hasta de una maratón cumbianchera que se realizó por la renuncia de Piñera, pero también datos exactos de lugares vandalizados que se ocupaban como estacionamientos informales, imágenes de un edificio en plena Plaza de la Dignidad que se ocupaba para guardar escudos de la Primera Línea, fotos de estudiantes haciendo nada, pero que podrían constituir un peligro, identificación de personas en situación de calle del sector de Baquedano y los lugares que usaban para dormir o bañarse, de otras personas que supuestamente incitaban a apedrear a carabineros, de quienes le daban agua a los encapuchados. O se llamaba a cortar el agua de las piletas para que los manifestantes no pudieran sacarla para apagar las lacrimógenas.

Así también, se tenía el registro exacto de la llegada de los voluntarios de la Cruz Roja a la plaza. Y mucha información extraída de conversaciones con los manifestantes. Toda esta información detallada también servía para demostrar que ellos trabajaban. “A veces me sentía observada. Y más de una vez vi a alguien de la muni pasando por la plaza que demás nos estaba sapeando”, dice Evelyn.

Era tan exhaustivo el balance de lo que sucedía en la Plaza de la Dignidad que los trabajadores, incluso, comentaban el stock de queques de marihuana, cervezas, bebidas y agua disponible en la venta informal. “Por los valores la gente no está comprando cerveza en el comercio ambulante, está comprando en las botillerías de Pío Nono”, informaba uno de los trabajadores infiltrados. En una de las conversaciones, del 4 de diciembre pasado, Felipe Frez pedía expresamente a sus trabajadores “revisar casas que tengan algo para ayudar a los manifestantes y enviar direcciones. Confirmar si los vendedores son extranjeros o no” (sic).

Estar todos los días infiltrados en la Plaza de la Dignidad hizo que los trabajadores comenzaran a preocuparse. Tenían miedo de ser descubiertos por la Primera Línea. Con algunos, ya habían generado lazos “a punta de cervezas y cigarros” que les llevaban para generar confianza. Cervezas y cigarros que salían, por supuesto, del bolsillo de los trabajadores municipales. “Nunca nos devolvieron ni un peso. Y era una idea celebrada por mis jefes”, dice Evelyn.

Los trabajadores infiltrados varias veces le hicieron sentir esa incomodidad a sus jefes. El municipio tampoco les pasó nada para cuidarse. Ni mascarillas ni antiparras para resistir a las lacrimógenas, gases tóxicos y balines. Más de una vez, en el mismo chat, los trabajadores le pidieron a su jefe que gestionara estos elementos con la directora Ivonne Johansen, quien se había comprometido a entregárselos. “Pero nunca nos tomaron en cuenta. Me tuve que conseguir una mascarilla en la Cruz Roja y después invertí en una que se me rompió. Mi mayor miedo era que me llegara un perdigón en el ojo o que me detuviera Carabineros. Pero eso nunca les preocupó. Lo único que mi jefe decía era cuídense nomás y chao. Me expusieron a todo eso, pusieron en peligro mi integridad física y sicológica”, se queja Evelyn.

El colapso

Pero ese no fue el único menoscabo laboral al que se vio obligada Evelyn. Como los resultados de sus investigaciones fueron aplaudidos en la municipalidad, Felipe Frez le pidió que estuviera de punto fijo en la plaza, en horario de oficina, a veces incluso hasta las 8 de la noche. “No podía siquiera ir al baño o a colación, nos alimentábamos de puras sopaipillas que vendían en la calle”, cuenta Evelyn.

A ella, de tanto aguantarse, le dio pielonefritis. Es decir, una infección urinaria que le provocó una hinchazón en sus brazos: “Estuve para la embarrá”.

El cansancio comenzó a evidenciarse. Además de tener que recabar información sin ser descubierta, tenía que estar atenta a Carabineros. Muchas veces tuvo que salir arrancando para que no se la llevaran detenida. Ellos no sabían que era una funcionaria municipal infiltrada. No le iban a creer si les contaba, dice. “Imagínate me llevan detenida. Primero me sacan la cresta, no les hubiese podido decir que estaba de infiltrada, que venía de la municipalidad, que me estaban mandando, no habría podido decir nada”.

Y otras tantas, estando en Primera Línea, tuvo que enfrentarse a ellos para que los encapuchados no desconfiaran de su presencia. “Todo era innecesario, me exponía a cualquier cosa”, confiesa.

Para Evelyn ya era mucho. Toda la presión de sus jefes y de no perder su fuente laboral, sumada al estrés de ser descubierta por los propios manifestantes y la represión de Carabineros, tuvo impacto en ella.

Esto derivó en un cuadro de angustia tremendo que la hizo llorar todos los días de regreso a su casa. Se sentía muy culpable de esta gran mentira. No quería seguir traicionando a la gente que le había contado cosas en la calle. Para ella, no eran delincuentes. Cada uno tenía una historia de lucha y sus dramas: “Por dentro, me sentía pésimo. No quería sapearlos. Claro, al principio, decía puta, están dejando la cagá en todos lados. Y después yendo para allá, me di cuenta que la Primera Línea era súper valiente, porque han estado enfrentándose por nosotros. Y estoy con ellos. Al final, les tomé cariño a las personas con las que estaba ahí. Mis compañeros tampoco estaban bien. Se cuestionaban. Yo estudio trabajo social en la noche y me enseñan a ayudar a las personas, contenerlos, y yo estaba acusándolos, hablando de ellos para que después los vayan a cagar”.

Y colapsó a las dos semanas de iniciado su trabajo como infiltrada municipal. El jueves 5 de diciembre fue una jornada intensa. Evelyn estuvo prácticamente todo el día en el monumento del general Baquedano expuesta al sol, sin comer, sin ir al baño, y a muchas lacrimógenas y gases tóxicos. Dos veces sufrió una encerrona de carabineros y casi la tomaron detenida. Estaba superada por la situación. El día anterior había vivido un episodio muy peligroso en Plaza de la Dignidad y no quería quedar expuesta nuevamente.

“Ese día nos enviaron a algunos funcionarios a recoger a nuestros compañeros que se habían infiltrado en Plaza Italia. Nos mandaron en un auto fiscal, imagínate. Yo andaba disfrazada de manifestante. Quedamos inmediatamente en evidencia, expuestos a golpes y agresiones de los manifestantes”, cuenta Evelyn. “Ese día dije ‘ya no más’”, agrega.

Terminó con una licencia por estrés. Conversó con amigos y le recomendaron que se asesorara con el abogado laboral Mariano Hernández. Y se autodespidió el 24 de diciembre. Actualmente, en el Tribunal de Trabajo de Santiago se tramita su demanda contra la Municipalidad de Providencia por vulneración de derechos fundamentales, despido indirecto y cobro de prestaciones laborales.

“La municipalidad me expuso a riesgos innecesarios, vulneraron mi integridad como persona y amenazaron mi seguridad y dignidad ya que estuve expuesta a la violencia, a recibir balines de carabineros, gases lacrimógenos, piedrazos, a que me llevaran detenida o a que los mismos manifestantes se dieran cuenta que era funcionaria municipal, además de no contar con servicios y derechos básicos”, se lee en la demanda.

Para el abogado de Evelyn, “esta denuncia es grave. Se le encomendaba a la trabajadora otro tipo de labores fuera de sus competencias y atribuciones, existiendo reiterados incumplimientos contractuales y políticas de acoso, hostigamiento y discriminación laboral, toda vez que la amenazaban de la municipalidad que si no iba perdería su trabajo, no pudiendo oponerse ya que había familia detrás. Por otra parte, es gravísimo que soliciten a trabajadores ir a investigar y someterlos a peligros constantes para recabar información. Imagínate tener que ir a trabajar pensando que te debes infiltrar a un ambiente al cual no estás acostumbrado, corriendo peligro de ser descubierto y que si no lo haces no te renuevan el contrato de trabajo. Eso no es sano para ningún trabajador. También una cuestión preocupante, es la utilización de fondos municipales para actividades de espionaje y que por ningún motivo debiesen estar dentro de las potestades que debiesen tener las autoridades políticas”.

Evelyn, ¿por qué quieres hacer pública esta denuncia?

Todo lo que nosotros vivimos en la calle ni siquiera les importó. Nunca nos llamaron por teléfono para preguntarnos cómo estábamos. Nada. Le bajaron el perfil. Evelyn Matthei no pensó en sus funcionarios, no pensó en nosotros, no nos resguardó. Busco que se sepa la verdad y que la gente sepa lo que hace a escondidas la Municipalidad de Providencia. Porque es grave. Es súper ilegal que la alcaldesa de Providencia, Evelyn Matthei, destine recursos municipales para espiar a la gente. Y quiero que la gente lo sepa porque, de seguro, aún hay gente infiltrada en la Primera Línea. Quiero que estén preparados para lo que viene. Van a estar sapeando a todos.

El Desconcierto contactó al departamento de comunicaciones de la Municipalidad de Providencia para obtener su versión de esta grave denuncia. Pero simplemente respondieron vía whatsapp que “eso se verá en el juicio”. Para ello, en todo caso, no queda mucho. El 18 de febrero es la audiencia preparatoria y ahí quedarán expuestas las pruebas que Evelyn Quezada no quiere que queden en la impunidad.